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¿Qué es la criptografía?

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En una frase

Disciplina que protege información mediante matemáticas: convierte datos legibles en códigos indescifrables para quien no tenga la clave.

La criptografía es la disciplina que protege información mediante matemáticas: convierte datos legibles en códigos indescifrables para quien no tenga la clave. Es la tecnología que hace posibles a las criptomonedas, y les da la primera mitad del nombre.

La usas todos los días sin verla. Cuando envías un mensaje de WhatsApp, cuando entras a tu banco, cuando el navegador muestra el candado junto a la dirección: en todos los casos hay criptografía cifrando la comunicación para que solo el destinatario legítimo pueda leerla. Las criptomonedas llevaron esa misma caja de herramientas un paso más lejos: en lugar de proteger mensajes, protegen dinero.

La criptografía, un oficio con siglos de historia

Cifrar mensajes es tan viejo como la guerra. Julio César desplazaba las letras del alfabeto para escribirle a sus generales; los espartanos enrollaban tiras de cuero en bastones de grosor secreto. La versión moderna nació en la Segunda Guerra Mundial, cuando descifrar la máquina Enigma de los nazis (el trabajo de Alan Turing y el equipo de Bletchley Park) acortó la guerra y fundó la computación de paso.

El salto que hizo posible el dinero digital llegó en los años 70 con la criptografía de clave pública: un sistema con dos claves matemáticamente vinculadas, donde lo que una cifra solo la otra lo descifra. Por primera vez, dos desconocidos podían comunicarse en secreto sin haberse encontrado jamás para acordar una contraseña. Bitcoin es, en el fondo, una aplicación de ese invento.

Las dos piezas criptográficas que usan las criptomonedas

La primera es el hash: una función que convierte cualquier dato (una palabra, un libro entero) en una huella digital de longitud fija. El mismo dato produce siempre la misma huella, pero cambiar una sola coma produce una huella completamente distinta, y es imposible reconstruir el dato original a partir de ella. La blockchain encadena sus bloques con hashes: por eso alterar una transacción vieja rompería la cadena entera de forma evidente.

La segunda es la firma digital. Tu clave privada firma cada transacción, y cualquiera puede verificar con tu clave pública que la firma es tuya, sin que la clave privada se revele nunca. Es lo que reemplaza a la firma en papel, al banco y al notario al mismo tiempo: la prueba matemática de que el dueño de los fondos autorizó el movimiento.

¿Qué tan difícil es romper la criptografía?

Los números pierden sentido rápido. Una clave privada de Bitcoin es un número entre 1 y 2 elevado a la 256, una cantidad comparable a la de átomos en el universo observable. Probar claves al azar con todas las computadoras del planeta trabajando juntas no haría mella en millones de años. Los fondos cripto que se roban no se roban rompiendo criptografía, sino engañando a personas para que entreguen sus claves, que es infinitamente más fácil.

Qué pasa, criptográficamente, cuando envías Bitcoin

Tu wallet toma los datos de la transacción (cuánto, a qué dirección), los firma con tu clave privada y transmite la transacción firmada a la red. Miles de nodos verifican la firma contra tu clave pública: si es válida, la transacción entra al mempool y luego a un bloque, cuyo hash queda encadenado al bloque anterior. En ningún momento tu clave privada salió de tu dispositivo. Todo el sistema descansa en esa asimetría.

La criptografía que no ves, de una semilla salen todas tus claves

Detrás de cada wallet moderna hay una elegancia matemática adicional: las wallets jerárquicas deterministas (HD). Tu seed phrase codifica un número maestro, y de ese número la wallet deriva, mediante funciones criptográficas, un árbol entero de claves privadas y direcciones: una para cada activo, una nueva para cada transacción si hace falta. Por eso un solo respaldo de 12 o 24 palabras recupera todas tus cuentas: no guarda las claves, guarda la semilla de la que todas se recalculan, idénticas, en cualquier dispositivo del mundo.

El mismo principio de derivación explica por qué las direcciones pueden compartirse sin miedo: cada eslabón de la cadena (semilla → clave privada → clave pública → dirección) funciona en un solo sentido. Avanzar es trivial; retroceder, computacionalmente imposible.

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